Los 70 millones, en probabilidades.
Todo sale de dos cosas que publica Telefe: el reparto de votos que canta en cada gala de eliminación, y el ranking completo de los 16 de la casa que salió de la placa positiva del 16 de julio. Nada de encuestas de intención ni de cuotas de apuestas: para esta edición no existe ningún mercado real.
Cuotas sobre el total de la placa, no sobre el mano a mano. Son el porcentaje de gente que votó para sacar a cada una.
Se salvan de menor a mayor riesgo, como en el aire. Los porcentajes son del modelo, no de Telefe: la gala todavía no se jugó.
Se la calibró contra los resultados oficiales de las galas anteriores, midiendo el error en escala logit centrada dentro de cada gala.
El modelo no simula ese canal, y es por lejos la forma más probable de que este pronóstico termine equivocado.
Las publicaciones van tal como las sirve X, sin transcribir ni recortar, así que los corazones que se ven son los de ahora mismo. Si quien las escribió las borra, desaparecen de acá también. X fecha en horario universal, así que estas publicaciones de la noche del 11 en la Argentina aparecen con fecha del 12.
La simulación juega lo que falta semana por semana: alguien gana el liderazgo y queda inmune, se arma la placa, sale el más votado en contra, y al final se vota al revés para elegir campeón. Los botones cambian los supuestos discutibles del modelo. Si el orden aguanta todos, el pronóstico es sólido; si se da vuelta con uno, ya sabés dónde está el punto flojo.
Toda la temporada el público paga para sacar gente. En la final paga para coronar a alguien. Suena parecido y no lo es: mirando 2024 y 2025, las dos cosas casi no correlacionan. Que nadie te quiera echar no significa que alguien te quiera adentro, y esa diferencia decide la edición.
Para cada uno va lo que lo pone ahí y a quién se parece de las dos ediciones anteriores, con lo que le pasó a esa persona. De 2024 y 2025 nadie publicó el reparto completo de las galas, así que la comparación va por perfil: una tipología en dos ejes, sin métrica ajustada detrás.
Cada temporada sortea los parámetros dentro de su incertidumbre, arma las placas, elimina semana a semana y resuelve la final, con el mismo procedimiento que el pronóstico.
Última temporada, semana por semana
Todavía no corriste ninguna.
Cinco etapas. Cada número de acá abajo es un resultado oficial de votación o una calibración medida contra resultados oficiales.
Telefe canta cada salvación con su porcentaje sobre el total de la placa, y recién renormaliza al 100% cuando quedan dos. Eso deja una huella que se puede comprobar con una resta: la suma de todo lo publicado, menos 100, tiene que dar exactamente lo que sumaron los salvados.
Cuando da, sabemos que en esa placa no faltaba nadie, y entonces la gala deja de ser un dato suelto y pasa a ser el reparto completo de los votos de esa noche. Es la misma resta que corre el actualizador automático cada vez que entra una gala nueva, antes de tocar nada.
Un rechazo fijo por persona no aguanta los datos. Luana pasó del 38,45% al 0,10% en tres semanas. Emanuel saltó del 0,4% al 53,8%. Cola, del 0,5% al 68,2%. Si mirás la cuota de alguien en dos galas seguidas, la correlación es −0,13: básicamente cero.
Cada encuesta suya se comparó contra el resultado oficial de la gala siguiente. De ahí salen un sesgo y un desvío distintos para cada posición del ranking, y con eso se pondera. Un agregador que va no se puede ignorar, pero tampoco creerle el reparto entero: le acierta al blanco de la noche y le erra feo al resto. Si alguna semana no hay encuesta, el modelo corre igual con la preferencia revelada sola.
En las fases de voto positivo Telefe casi nunca da porcentajes. Pero canta los salvados en orden, del más votado al menos votado, y eso es un ranking. Un ranking parcial es lo que come un modelo Plackett-Luce, el mismo que se usa para estimar fuerza de jugadores a partir de posiciones de llegada.
Hay doce de esas instancias. El ancla es la gala del 16 de julio, una placa positiva con los 16 de la casa ordenados de punta a punta. El modelo la reconstruye con una correlación de rangos de 0,87, y en el fondo de la tabla acierta todos los puestos. Es la escala que decide las dos noches de la final: el tercer puesto del lunes 14 y la ganadora del miércoles 16 se votan a favor, y ahí el rechazo μ no entra. Las eliminaciones por voto positivo de septiembre (Mariela, Zilli, Luana) no se suman como instancias: Telefe publicó sólo el porcentaje de la última —y el 9 de septiembre cantó a las salvadas «por orden aleatorio»—, y una gala que revela nada más que el último puesto no es un ranking.
Cada corrida empieza sorteando los parámetros dentro de su incertidumbre, y después juega las semanas que faltan como si fuera el programa: alguien gana el liderazgo, se arma la placa según lo seguido que cae nominado cada uno, y sale el más votado en contra esa noche. Cuando quedan tres, o cuatro, se cambia el signo del voto y se define el campeón.
Y como las dos primeras quedaron pegadas, mirar el número de arriba no alcanzaba para elegir. Por eso se remuestreó toda la cadena de punta a punta: sacar y reponer evidencia, volver a estimar las dos escalas, volver a simular. La pregunta «¿a quién pongo?» se contesta con la frecuencia con la que cada una queda primera, no con la diferencia de .
Se saca y se repone evidencia al azar, se vuelve a estimar todo y se simula de nuevo, sesenta veces. La barra es el rango del 90% central. El número de la derecha es lo que de verdad contesta la pregunta: cuántas de esas sesenta veces esa persona quedó primera. Con la final encima, «primera» es primera de las que quedan, y la barra ya no mide semanas de placas por venir sino el mano a mano del miércoles 16.
Cada columna cambia una decisión que se podría haber tomado distinto. Cuanto más intensa la celda, más alta la probabilidad.
Cada barra es una noche entera de votación, con el reparto llevado a cuota sobre el total de la placa. Los pedacitos de la izquierda son los que se salvaron temprano. El bloque grande de la derecha es el mano a mano final.